martes, 8 de febrero de 2011

¿HAY UNA REVOLUCIÓN EN INTERNET?


POR LEE SIEGEL (The New York Times)

Hace sólo unos pocos años, de lo único de que se oía hablar era sobre cómo lograr que Internet fuera más libre. Ahora de lo único que se habla es sobre cómo controlarlo.

Editores de libros y de diarios buscan formas de proteger su contenido original. Padres buscan formas de proteger a sus hijos del cyber-acoso. Legisladores exploran mecanismos que defenderían la privacidad de los ciudadanos. Gobiernos intentan evitar que sus archivos privados se filtren a la Red. Empresarios y figuras públicas luchan para evitar que competidores o enemigos los calumnien a ellos o a sus negocios. Y más y más de nosotros estamos horrorizados —cómo otros se fascinan— de que nuestras vidas sean grabadas, filmadas o subidas a la Red.

La milagrosamente conveniente tecnología de Internet ha creado una simulteanedad de funciones morales sin precedentes. Julian Assange, de Wikileaks, es como una encarnación de Shiva, el dios Hindú de la creación y de la destrucción. Resulta que lo que hace poco considerábamos una valiente y nueva era de información es, en realidad, el primer espasmo de un largo proceso de reconfiguración cultural. Todos estamos acostumbrados de hablar de “Google” cómo si fuera sinónimo de “el futuro". Dentro de 50 años estaremos hablando de Google como hoy hablamos de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Estamos recién en los primeros pasitos de bebé de la era de Internet.

Como Evgeny Morozov demuestra en “The Net Delusion” (El engaño de la Red), su brillante y valiente libro, las contradicciones y confusiones recién se están haciendo visibles a través de la neblina que se esfuma de la primera euforia de Internet. ¿Qué sucedería si el potencial liberador de Internet también contiene las semillas de la apatía política y —por consecuencia— la erosión de la democracia?, pregunta. El engaño de la Red del título es, justamente, eso.

En contrario a los cyber-utópicos, cómo él los llama, que consideran que Internet es una herramienta poderosa de emancipación política, Mozorov argumenta convincentemente que Internet, en el nombre de la libertad, más bien limita o hasta destruye la libertad.

Mozorov reproduce un discurso que dio Hillary Clinton hace un año en el que proclamaba el poder y la gloria de Internet, hablando de “cosechar el poder de tecnologías de conexión” para “poner estas herramientas en las manos de las personas en todo el mundo que lo podrán utilizar para hacer avanzar la democracia y los derechos humanos". Clinton tal vez no tenía en cuenta, como Morozov propone —irónicamente— “las búsquedas más populares en máquinas de búsquedas rusas no eran para “¿Qué es la democracia?” o “¿Cómo proteger los derechos humanos?” sino para “¿Qué es el amor?” y “¿Cómo perder peso?” Y seguramente Clinton se había olvidado del speech que dio en 2005. En esa ocasión ella misma caracterizó a Internet como “el desafío tecnológico más grande que afronta hoy a padres e hijos", calificándolo cómo “un instrumento de enorme peligro".

La doble perspectiva de Clinton, en la cual Internet es, a la vez, una fuerza de liberación en sociedades no democráticas y algo peligroso dentro de los EE.UU. es el tipo de contradicción que Morozov busca iluminar. Designa como “orientalismo digital” a la creencia de que en sociedades represivas Internet sólo puede actuar como una fuerza para el cambio benévolo.

Cita al bloguero Andrew Sullivan que declaró después que manifestantes tomaron las calles en Teherán que “La revolución será twiteada". La revolución nunca ocurrió, y los pobres manifestantes twiteros fueron quebrados con una mano de hierro. Pero Sullivan no era el único que ignoraba el contexto iraní. Clay Shirky, el experto sobre Internet más citado y favorito de los medios dijo: “Aquí está. Esta es la grande. Esta es la primera revolución que ha sido llevado al escenario global y transformado por las redes sociales".

Dos décadas de opiniones inútiles sobre los poderes mágicos de la tecnología de mero uso cotidiano han transformado a Twitter —lo que una vez fue el campo para “un montón de hipsters aburridos que tenían un impulso irresistible de compartir sus planes de desayuno— cómo escribe mordazmente Morozov, a una herramienta de revolución política. O, como dice Jon Stewart, burlándose de la creencia del poder de Internet de transformar lugares como Irak o Afganistán: “¿Por qué mandamos un ejército cuando podríamos haberlos liberado de la misma forma en la que compramos zapatos?”

Las protestas en Irán en contra de lo que creían unas elecciones corruptas fueron brutalmente calladas porque, como dice Morozov sin romanticismo alguno, “muchos de los iraníes consideraron que las elecciones fueron justas". Los elementos de una revolución exitosa —la complicidad de los militares, de una clase política poderosa, de una población casi universalmente descontenta— simplemente no existían en este caso. Pero los fanáticos de Internet, desde periodistas hasta oficiales en el Departamento de Estado, cayeron en la trampa —dice Mozorov— de “sucumbir a la presión de olvidarse del contexto y comenzar por lo que permite Internet". Estas personas solamente piensan en términos de Internet y son “sordos a las sutilezas políticas y sociales” de una situación dada.

Lo que se emitió por Twitter y por otros medios fue la represión de la revolución. Las autoridades de Irán usaron la Web para identificar fotos de los manifestantes; para conseguir su información personal (por Facebook, naturalmente); para divulgar videos de propaganda; y para mandar SMS’s a la población y fomentar la paranoia contrarrevolucionaria.

Tampoco ayudó cuando un joven oficial del Departamento de Estado llamado Jared Cohen le pidió a Twitter que postergara tareas de mantenimiento ya programadas para interrumpir el flujo de mensajes de los manifestantes. La noticia de la complicidad de Twitter salió a la luz y, por lo tanto, incrementó la determinación de Irán, China y otros regímenes represivos a usar Internet para conseguir sus propias metas políticas.

En la opinión de Mozorov esta reacción a las “libertades” de Internet ya es rutinaria. La poligamia puede ser ilegal en Turquía pero eso no frena a los turcos de buscar más esposas en Internet. Las pandillas mexicanas criminales usan las redes sociales para compilar información sobre sus víctimas. Neofascistas rusos usan Internet para organizar pogromos. Hugo Chávez le contestó a una joven crítica en Twitter: “Hola Mariana, la verdad es que soy el anti-dictador” ¡LOL!

Como resalta Morozov, no hay que esperar que las corporaciones liberen a nadie en ningún momento del futuro próximo. Google hizo negocios en China durante años antes que la censura y condiciones económicos —no los derechos humanos— lo hiciera retirarse del mercado. Y es llamativo que ambos Twitter y Facebook han rechazado unirse al Global Network Initiative, un acuerdo que Morozov describe como “una promesa trans-industrial de comportarse de acuerdo con leyes y estándares que cubren el derecho a la expresión libre que es parte de documentos internacionalmente reconocidos como la Declaración Universal de Derechos Humanos".

Morozov urge a los cyber-utópicos a que abren los ojos: lo que motiva a los creadores de las redes sociales son las ganancias y nada más. “No sorpresivamente", escribe, “la peligrosa fascinación con resolver problemas previamente irresolubles con la ayuda de la tecnología permite que partidos con intereses propios disfracen lo que esencialmente es propaganda para sus productos comerciales dentro del lenguaje de la libertad y la libre expresión de ideas". En 2007, cuando estaba en el Departamento de Estado Jared Cohen escribió con una equivocación trágica que “Internet es el lugar donde jóvenes iraníes puede decir lo que quieran y operar libres del control del aparato policial-estatal". Gracias a esa tecnología nueva y excitante muchos de esos jóvenes ahora están en la cárcel o muertos. Cohen ahora trabaja para Google como el director de Google Ideas.

Para Mozorov, la tecnología es un vacío que está a la espera de ser llenado por el temperamento más fuerte. E Internet, argumenta, es un medio mucho más caprichoso que la radio o la televisión. Ni la radio o la TV tienen filtros basados en palabras claves que permiten que regímenes utilicen urls y texto para suprimir sitos Web que consideran peligrosos. Mozorov se refiere a esta costumbre como la “customización de la censura".

Mozorov, que nació en Belarús, escribe sobre el optimismo de los cyber-utópicos como los disidentes soviéticos una vez escribían sobre el optimismo de los comunistas utópicos. También tiene algo del pesimismo del europeo occidental. “La tecnología siempre cambia", escribe, “la naturaleza humana casi nunca".

Por ejemplo, una manera de protegerse de un gobierno que quisiera confiscar el disco duro de un disidente sería subir toda esa información a la Red, “a la nube". Lo único que necesitarías para acceder a tus documentos sería una clave. Pero hasta esta solución no tranquiliza a Morozov quien argumenta que un gobierno represor siempre “podría acceder a la clave torturando el administrador del sistema". Pero esto es como decir que porque los aviones se estrellan uno nunca debería volar.

Para Mozorov, la perspectiva de consecuencias no intencionales invalida cualquier optimismo.

Mozorov es vulnerable en otro aspecto también. Construyendo un argumento parecido al de Theodor Adorno y otros miembros de la Escuela de Frankfurt hace casi un siglo, Mozorov se lamenta de que Internet distrae al público en general de cualquier debate serio sobre la política. Pero las infinitas diversiones de Internet no han disuadido a los neofascistas rusos o los nacionalistas japoneses de perseguir a las minorías étnicas. En algún sentido, la pasividad universal inducida por la distracción es una bendición histórica.

Y Mozorov está encandilado también por el ensayo de Kierkegaard, “Los tiempos presentes”, en el cual el filosofo criticó el auge del periodismo masivo. Kierkegaard tuvo mucha razón en sus críticas, pero se olvidó de una cosa. Henry Luce y Stalin son dos personajes diametralmente opuestos.

Pero el péndulo ha girado por tanto tiempo hacia el lado de los cyber-utópicos que un poco de extremismo hace falta para lograr un equilibro. Morozov se ha atrevido a argumentar que Internet ha expuesto el talón de Aquiles de la democracia. Más frecuentemente que la moralidad flexible de la Red ha tenido el efecto de aplastar una comunidad debajo de pluralismos malos y diversidades atroces. En ese sentido, Internet está creando una anti-democracia igualitaria en la que la inhumanidad más fuerte destruye la elocuencia y decencia más racional.

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