domingo, 12 de diciembre de 2010

GODARD 1977/1984


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9 de marzo, 1977. Jean-Luc está en Montreal para hacer de profesor por primera vez. La idea era reemplazar a su amigo Henri Langlois, el recién fallecido director de la Cinemateca Francesa que cada tanto viajaba a Canadá para dictar seminarios en la George Williams University. Godard está algo nervioso aunque en la ciudad lo reciben casi como Jefe de Estado. Y eso que ni siquiera va a hablar de sí mismo. No. Lo que tiene en mente es algo que lleva tiempo dándole vueltas. Algo que llama Historia(s) del cine. La forma en que el mundo de cada cineasta, cada crítico y cada espectador se fusiona imperceptiblemente con la realidad que recrean las películas. La manera en que esa(s) historia(s) se van entrelazando con la vida hasta tejer otra realidad. Una realidad mediática. El todo y la parte. La ficción y el documental. El objeto real y el objeto filmado. Hay que dejar de hablar de cine y comenzar a hablar de audiovisual. Demoraría casi veinte años en darle forma a la idea, pero el germen sembrado por esas clases ya estaba allí.


22 de octubre, 1984. Todos los diarios de Francia llevan la noticia de la muerte de François Truffaut, a los 52 años, por un tumor cerebral. Es como si hubiera desaparecido un héroe nacional. Godard guarda silencio. Hace años que no se hablaba con el que fue su mejor amigo -¿qué los separó?: la política, el dinero, la intolerancia- y sin embargo en todas las películas posteriores volverá sobre los temas que alguna vez los unieron: la cinefilia como pasión, el magnetismo del rostro femenino, el poder del pasado sobre nuestro destino, la música como bálsamo privado y público. Es cierto que la obra de François fue debilitándose con el paso del tiempo y que se trazó un destino muy parecido al de los cineastas que él mismo solía denunciar en su juventud, pero su diálogo con el que alguna vez fuera el gran polemista de la crítica francesa del siglo no tiene por qué cortarse por la muerte. Irá reforzándose obra a obra, imagen a imagen.

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