viernes, 9 de enero de 2009

CELULARES


Entonces estoy en el bar y en una mesa cercana hay un grupo de tipos. Tienen mi misma edad, se nota que son amigos de toda la vida. Suena el celular de uno de ellos, lo atiende y se pone a hablar. El otro recuerda que tiene que avisar algo y saca su celular para escribir un interminable mensaje de texto. El tercero no se quiere quedar atrás y saca su propio celular; como no tiene nada qué hacer, se dedica a chequear los mensajes recibidos. El panorama es desalentador. Si, ya sé. Soy un romántico, no es para tanto, me estoy mandando la parte con esta crítica al sistema. Al fin y al cabo, yo también tengo un celular. Claro, no puedo imaginarme la vida sin mi celular. Prácticamente no recuerdo cómo sobrevivía hace unos años sin el celular al alcance de mi mano. Igual, no sé, hay algo que me inquieta.
En otra mesa hay dos chicas. Una habla por celular con, no sé, supongamos que habla con su novio. Supongamos que esta noche va a ir a cenar con su novio y en la mitad de la cena va a sacar su celular para llamar a su amiga y charlar sobre todo lo que no están hablando ahora, precisamente ahora que están frente a frente, en la misma mesa.
Entonces salgo a la calle y veo celulares por todos lados. El mío empiezo a sonar. Es un mensaje de texto. Nada importante. La verdad, nada importante. Sigo caminando y me pregunto: ¿qué pasaría de un día para el otro dejan de funcionar todos los celulares del mundo? Las consecuencias son inimaginables.
En el fondo, podemos conformarnos pensando que somos libres porque nadie nos obliga a nada. Tengo celular e Internet porque quiero, nadie me lo impuso. Yo decidí adoptarlos. Autoengaño fatal. Si, autoengaño fatal.

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