miércoles, 9 de junio de 2010

FUNNY PEOPLE, de Jud Apatow


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Tras dirigir las divertidas Virgen a los 40 (The 40-Year-Old Virgin, 2005) y Ligeramente embarazada (Knocked Up) y producir otros hilarantes filmes como Superbad, Greg Mottola, 2007 o Pineapple Express, David Gordon Green, 2008, el abanderado de la revolución de la comedia de situación independiente, Judd Apatow, ha estimado pertinente una revisión nostálgica de sus inicios en el sector como monologuista, rodando ese homenaje agridulce que supone Hazme reír. Al tratarse de una narración con elementos autobiográficos, el cineasta adquiere un tono más serio, comprometido y juicioso. Porque, en realidad, el film se limita a concentrarse en los sacrificios necesarios para abrirse paso en el mundo del espectáculo yanqui, basado en el star system, práctica que apunta una regla máxima, imprescindible e insalvable: hay que lamer culos; cuantos más, mejor. Esto es así.


El reconocido cómico de moda George Simmons (Adam Sandler) descubre que tiene un raro tipo de leucemia casi incurable. Desde ese momento, tratará de reconducir su vida, hacia aquello que le reporte verdadera satisfacción. Aunque, lo único que se aprecia es un intento de tratar de reducir su inagotable cinismo. Comienza contratando como asistente al cómico novel Ira Wright (Seth Rogen) -que viene a confirmar el tópico de la presencia judía en el entorno del espectáculo- para que le escriba chistes, pretexto para utilizarle como asistente para una complicada tarea: convertirse en mejor persona o, más bien, enmendar los errores cometidos hasta entonces.

La desmesurada duración del metraje -¿recuerdan otra comedia de dos horas y media?- tienen el empeño de explotar el énfasis en el cambio de vida. Sobre todo en la segunda parte, cuando Simmons intenta recuperar a una despechada exnovia, encantadora mujer de la que cualquiera se enamoraría ofreciéndole todos los mimos del mundo, salvo un cretino, claro. La misión no va encaminada a concluir en muy buen término, alcanzando su culmen en una esperpéntica pelea a tres bandas, donde nadie parece tener claro a lo que aspira. Sin embargo, todo el camino recorrido ha servido para que el director consiga rescatar, con la pareja de Sandler y Rogen, el molde de esa dualidad característica de la comedia clásica. Y para ofrecer un abundante repertorio de chascarrillos, de cuya selectiva recopilación se obtendría un más que aceptable monólogo.


La franqueza didáctica de la película nos ayuda a asimilar hechos reales de signo negativo desde la mirada de la experiencia de Apatow. A través de la posición de Ira, comprendemos que todo aquel mundillo queda reducido a un círculo muy cerrado, muy difícil de penetrar. Tanto sus amigos, sus compañeros de piso, sus pretendidas novias, como su nuevo jefe, pertenecen al mismo ámbito profesional. También hay que decirlo, la imagen del filme sobre la fama está un "pelín" desproporcionada, sobre todo si atendemos a las pertenencias de Simmons o echamos un vistazo a su garaje, digno de los jeques árabes del petróleo. Luego, además, confirmamos la evidente idea de que la envidia no es buena compañera, y ha de ser asumida con resignación.

Si continuamos con la lista de nocivos clichés, encontramos la rebaja del ego de una celebrity al nivel del humilde anonimato. Ahí podríamos apelar a la premisa de que todos, a fin de cuentas, somos humanos. Pero, las malas costumbres de un estilo de vida basado en la codiciosa comodidad y el ingrato individualismo impiden un cambio tan radical como ficticio.


Sirva como lección conclusiva el hecho de que Sandler es, en esta historia, el cómico exitoso y Rogen el pringao infravalorado, y, en la realidad, poco falta para que intercambien sus lugares. El cómico principiante cuenta con la segura confianza de que, pese a una dudosa calidad de los chistes, siempre habrá alguien que se ría. Y si no, puede recurrir de manera invariable a las alusiones sexuales o, en su defecto, a la denigración personal, con la certeza de que ambas funcionarán al cien por cien. Es la condición de la cultura americana, que aúpa a un idiota tras otro. Aunque, en España, nos encanta irles a la zaga.


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